
Las cartas a Magallanes Moure se publicaron en 1978, en la recopilación de Sergio Fernández Larraín, titulada Cartas de amor de Gabriela Mistral. Treinta y ocho son las cartas al poeta que ahí se incluyen, escritas entre 1914 y 1921. De Magallanes Moure, sólo se conocen cuatro, incluidas como notas en esta misma recopilación. A pesar de haber mantenido una correspondencia amorosa desde 1913, Lucila y Magallanes no se conocieron en persona hasta 1921, como atestiguan sus cartas, año que marcará el fin de la relación amorosa epistolar, al menos de la que hemos podido conocer. En 1922, Gabriela viaja a México y no volverá a encontrarse con Magallanes.
No es casual que Gabriela Mistral, reconocida por su producción poética, haya sido además tan prolífica en su correspondencia: amorosa, profesional, amistosa, política, de consuelo, de “chisme” y de “queja”. Las cartas de Gabriela constituyen su gran lazo con el mundo; en ellas construye redes de afinidades políticas, sociales, literarias, íntimas, profesionales; en ellas dice y se desdice a voluntad y también en contra, seguramente, de su voluntad. La abundancia de las cartas asumida en una forma casi ritualizada se convierte en un juego que Gabriela sabe jugar.
No discutamos los modos de amarnos, hablemos de esto que es lo inmediato y lo esencial: Tú ¿me querrás fea? Tú ¿me querrás antipática? Tú ¿me querrás como soy? Te lo pregunto y veo luego que no puedes contestarme (p.137, carta XV).
(...) ¡Qué decires de amor los tuyos! Tienen que dejar así, agotada, agonizante. Tu dulzura es temible: dobla, arrolla, torna el alma como un harapo fláccido y hace de ella lo que la fuerza, la voluntad de dominar, no conseguirían. Manuel, ¡qué tirano tan dulce eres tú! Manuel ¡cómo te pertenezco de toda pertenencia, cómo me dominas de toda dominación! ¿Qué más quieres que te dé, Manuel, qué más? Si no he reservado nada, ¿qué me pides? (p. 144, carta XVII).
Cada día veo más claramente las diferencias dolorosas que hay entre Ud. –luna, jazmines, rosas– y yo, una cuchilla repleta de sombra, abierta en una tierra agria. Porque mi dulzura, cuando la tengo no es natural, es una cosa de fatiga, de exceso de dolor, o bien, es un poco de agua clara que a costa de flagelarme me he reunido en el hueco de la mano (...) (p. 105, carta III).
Al final de las cartas antologadas, se incluye un poema que quiere silenciar o detener la respuesta del otro con la fuerza de la autocomunicación exhibida en un sujeto o “hablante lírico”, y la puesta en escena de una hablante “autorizada” por un género “mayor”; a Lucila, sucede Lucila/Gabriela:
Balada
“Él pasó con otra.Yo lo vi pasar.”
“Él pasó con otra.Yo lo vi pasar.”

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